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Pragmatismo e Hipocresía

Federico Sabalette
Federico Sabalette
7 Minutos de lectura

por el Dr. Héctor Ulises Napolitano

 

El título de esta nota, lo tomé prestado de un interrogante que se hacían algunos periodistas de un programa político, respecto a los cambios del gabinete gubernamental recientemente ocurridos, y que sirve también para el análisis de otras cuestiones, siempre relacionadas con la política, tanto nacional como continental, e incluso mundial.

Podemos decir que la política es pragmática por excelencia, pues se mide por sus resultados, en la que juegan también las intenciones, que siguiendo al maestro de las artimañas políticas, como lo fue el politólogo y filósofo italiano Nicolás Maquiavelo, pueden ser públicamente fingidas, es decir contrarias a las que en verdad se piensan, por ejemplo, el gatopardismo político o que en pos de la consecución de sus fines justifique cualquier medio empleado aunque esté reñido con la moral. De allí que el pragmatismo político tenga en varios casos mucho de cinismo e hipocresía.

En la Argentina la política es más una lucha por conquistar y conservar el poder por sí mismo y para sí mismo de parte de quien o quienes lo detentan, que un medio para concretar el auténtico y verdadero fin que debe tener la política, que es el bien común.

Sin embargo, hemos escuchado decir con suma hipocresía a algunos políticos que “no hay que gobernar para las próximas elecciones, sino para las futuras generaciones”, pues no es lo que verdaderamente piensan, ya que ninguno está dispuesto a sacrificar el poder que tienen en el presente y procuran conservar en lo inmediato y consecutivamente, por un futuro que llegado el tiempo a otros les tocará gobernar conforme a las circunstancias que ocurran en ese momento.

Los políticos argentinos son existencialistas, no futuristas. La palabra futuro suena para ellos tan incierta como lejana, en primer lugar, porque desde hace muchas décadas existe una ausencia total de estadistas, que son los que planifican en el presente anticipándose al futuro, y en segundo lugar que con esa manera de pensar solo se ocupan de la coyuntura, porque su único objetivo en lo inmediato es ganar las próximas elecciones para mantenerse en el poder, y en el mejor de los casos acrecentarlo.

El futuro para ellos no es de mediano y largo plazo, sino cada dos o cuatro años para postularse de nuevo como candidatos.

Procuran así crear expectativas en el electorado con hipócritas palabras como “cambio”, “renovación”, “relanzamiento”.

También con las archis gastadas como “juntos”, “unidos, “unidad”, que pragmáticamente terminan siendo simples slogans de campaña, pues no hay hasta el momento alianza o coalición que al llegar al gobierno no se haya roto o dividido.

La excusa es el único recurso defensivo de la hipocresía, y en el caso planteado es que las coaliciones de gobierno solo sirven y tienen sentido en los sistemas parlamentarios y no presidencialista como el nuestro, cosa que no es cierta.

El pragmatismo político que practica la clase dirigente en este país se parece más a “la pragmática de la vieja monarquía hereditaria”, en cuanto busca la conservación y continuidad en el poder, que a la doctrinaria y filosófica que basa toda verdad en los resultados prácticos y efectivos, que en el caso de la política son satisfacer las necesidades y reclamos que demanda la sociedad.

Incluso se parece también a la otrora pragmática monárquica en la incorporación de familiares en cargos gubernamentales, práctica denominada con el nombre de “nepotismo”.

En síntesis, la clase dirigente argentina solo se acuerda de cumplir una parte de la ciencia política que es la lucha por la conquista del poder, pero olvida la otra, que es la esencial, la de utilizar el poder para promover el bienestar de las mayorías.

De allí que casi todos los gobiernos, por no decir todos, toman medidas simpáticas con miras a obtener un resultado favorable ante la inminencia o proximidad de una elección.

Dentro de esa concepción de los políticos argentinos de conquistar y ejercer el poder como un fin en sí mismo, en varias provincias de este país se han perpetuado en él de manera feudal y dinástica familias enteras en sus gobiernos, reformándose constituciones para incorporar reelecciones hasta a veces ilimitadas.

No es solo una cuestión de Argentina, sino también de otros países de este continente, a punto tal de ser llamado en Perú con el nombre de “podermanía”.

El pragmatismo político en estas latitudes se circunscribe así, a la manera de conquistar el poder con mágica hipocresía traducida en por demás ambiciosas promesas luego incumplidas, y de conservar y en su caso perpetuarse en el poder apelando a cualquier recurso, desde una reforma constitucional hasta un autogolpe de Estado.

En materia de planes de gobierno y políticas de Estado, el pragmatismo de nuestros políticos y gobernantes brilla por su ausencia, o son simples medidas de emergencia, más coyunturales que estructurales, paliativas que efectivas.

La hipocresía política tampoco es exclusividad de Argentina, pues también la demuestran organismos internaciones como la ONU, la OEA, la CELAC, y ni hablar del MerCoSur, hoy en vías de desaparición.

Las peores actitudes de cinismo político son el “haz lo que yo digo y no lo que yo hago”, hacer lo contrario a lo prometido o demagógicamente distraer al pueblo con “pan y circo”.

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